Butoh


Nace como espíritu de revuelta (luego de la bomba de Hiroshima), como un “cuerpo muerto” de la cultura adquirida que puede captar memorias ancestrales, minerales, vegetales, animales, cósmicas. El bailarín de butoh baila la danza que su cuerpo recuerda, la música de sus huesos, la duración de sus devenires. Se trata de saltar al abismo de nuestra singularidad más que al espacio exterior.

En el butoh no se intenta expresar nada con el cuerpo, sino más bien hacer que el cuerpo se exprese por sí mismo.

Responsable

Rasjid Cesar

El butoh nace en Japón en la década del 60 a través de Tatsumi Hijikata.

El bailarín es habitado por potencias que lo danzan y esta danza parte de un silencio interno y una noción básica de fragilidad (“el butoh es un cuerpo que se mantiene en pie a riesgo de su vida”, dice T. Hijikata, creador de esta danza).

La relación tiempo-espacio ocurre en el paisaje del cuerpo, en el despliegue intenso de una sensación. “Mover el espíritu diez décimos y el cuerpo siete décimos” (Zeami, creador del teatro Noh).

El deseo del bailarín no es moverse sino ser movido, danzado.

El cuerpo en el butoh, es un cuerpo que se ha despojado de todas sus capas sociales, es un “cuerpo muerto” de lo social e incluso de lo personal, un cuerpo que cuelga vacío del cosmos, un cuerpo sin órganos (Artaud), poblado por las afecciones que lo atraviesan, lo habitan, lo danzan.